EL BLOG DE TERESA GÓMEZ-LIMÓN

NO TODAS LAS VÍCTIMAS SOMOS IGUALES

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Vaya por delante mi solidaridad y mi respeto a las víctimas de los atentados de Barcelona del 17 de agosto de 2017. Como no podía ser de otra manera, tienen todo mi apoyo y mi cariño.

Pero, una vez dicho esto y vistos los actos conmemorativos y su reflejo en los medios de comunicación, no puedo por menos que recordar a las víctimas de otras tragedias no provocadas por ningún desastre natural o por ninguna causa imprevista sino por negligencias de personas responsables. Así podemos citar los desastres del Yack 42, de Spanair, del metro de Valencia y del tren de Santiago de Compostela. Todas ellas han sido tragedias colectivas, todas ellas han causado muertos y heridos, todas ellas han dado lugar a un procedimiento judicial, lo que implica posibles responsabilidades penales, y todas ellas han causado un dolor irreparable en las propias víctimas y en sus familiares. Por poner un ejemplo numérico respecto a los fallecidos: 74 muertos en el Yack 42; 43 muertos en el metro de Valencia; 153 muertos en Spanair y 81 muertos en Santiago de Compostela. Total 351 víctimas mortales más un gran número de heridos.

Sin embargo, todas estas víctimas, entre las que me encuentro, somos víctimas de segunda categoría, con un reconocimiento infinitamente menor que las víctimas del terrorismo.

Se me puede argumentar que, en el caso del terrorismo, es un crimen cometido con intención de matar y en los otros casos no existe dicha intención. Sin embargo, esta argumentación, aunque aparentemente real, no es del todo cierta. En el caso de un atentado terrorista, existe una intención de matar de forma directa. En el caso de estas otras catástrofes que acabo de citar existen diversas intenciones espurias que traen como consecuencia la muerte de muchas personas que han sido engañadas porque no conocen el riesgo a que son sometidas. Entre estas intenciones espurias se podrían citar: ahorro o necesidad de compensar pérdidas, desvío de dinero público, razones políticas, nombramiento o designación de personas incompetentes o cualquier otra que suponga por parte de los responsables un engaño o una negligencia más o menos grave.

Por ello sería más preciso hablar de intención directa y de intención indirecta. En la primera, la causa generalmente es un fanatismo irracional y violento que lleva, incluso, a inmolarse a aquellos que lo cometen. En la segunda, existen intereses prioritarios de determinados poderes que, para conseguirlos, no dudan en poner en riesgo la vida de las personas, aunque siempre confiando en que no ocurra nada. La primera es brutal, la segunda es cínica, aunque ambas sean inmorales.

Pero las víctimas, en uno y otro caso, somos solo eso: víctimas. Víctimas inocentes que paseaban tranquilamente, que cenaban en un restaurante o que acudían a una discoteca. Víctimas que cumplían sus obligaciones profesionales, que tomaban un metro, que cogían un avión o que nos subíamos a un tren. Todas ellas confiadas, todas ellas inocentes.

¿Cuál es la diferencia entre unas y otras víctimas? Una sola: las primeras son víctimas de un enemigo marginal, que no forma parte de nuestra sociedad, mientras que las segundas somos víctimas del Poder, del poder político, del poder económico, del poder institucional.

Sin embargo, el sufrimiento de las víctimas es el mismo en uno y otro caso: el sufrimiento por la pérdida, el sufrimiento por las secuelas y, lo que es más importante, el sufrimiento por la rabia y la impotencia de saber que no es un hecho casual sino que hay unos culpables. Pero mientras las víctimas del terrorismo cuentan con el apoyo total de las instituciones, las “otras víctimas” hemos de luchar contra las propias instituciones, contra el Poder, que esconde, silencia, manipula y tergiversa la información.

Los diferentes Gobiernos se han esforzado por luchar contra el terrorismo, poniendo todas las herramientas del Estado para ello;  por el contrario, no han tomado medida alguna que evite este otro tipo de víctimas, aunque debería de ser más fácil, ya que se trata de luchar contra las fisuras del Sistema, poniendo por delante los intereses de los ciudadanos. Tan pocas medidas se han tomado que en el 2003 se produjo la catástrofe del Yack 42,  en el 2006 la del Metro de Valencia, en el 2008 la de Spanair y en el 2013 la del tren de Santiago. No se aprendió o no se quiso aprender nada.

En el primer aniversario de los atentados de Barcelona se ha elogiado la ausencia de utilización partidista y la solidaridad sincera con las víctimas. Sin embargo y refiriéndome específicamente a la tragedia del tren de Santiago, las hemerotecas son testigos de la parafernalia con la que Núñez Feijoo utilizó a las víctimas para su autobombo; y también observamos con amargura como el ex presidente del Gobierno, Sr. Rajoy, en un comunicado oficial, confundió la tragedia de Santiago con el terremoto ocurrido en Gansu, China, lo que indicó la importancia que él mismo y su Gobierno concedieron al trágico accidente.

Todas víctimas, si. Pero no todas consideradas de la misma manera por parte de las instituciones. Las de primera son aquellas que no ponen en riesgo el Sistema, mientras que las segundas destapamos la cara más fea de éste. Por eso no todas las víctimas somos iguales.

 

 

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