EL BLOG DE TERESA GÓMEZ-LIMÓN

EL TRIAJE, EL TRIGO Y LA PAJA

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Esta pandemia que estamos sufriendo nos debería hacer reflexionar sobre algunos planteamientos de la sociedad en la que nos ha tocado vivir. Uno de los más perturbadores es el del “triaje” (trillaje, cribado, separación del trigo de la paja), una normativa no contemplada en ningún código jurídico según la cual, en momentos de sobrecarga de los servicios sanitarios, el médico de turno decide quién tiene que ser atendido y a quién se deja morir en función, según los protocolos al uso, de su mayor o menor “esperanza de vida”.

            El término “esperanza de vida” se encuentra totalmente incardinado en el concepto de futuro. Pero debemos preguntarnos ¿qué es el futuro?, sencillamente algo que no existe, que es solamente un constructo de nuestra mente, una entelequia, en el mejor de los casos solo una posibilidad, una conjetura. ¿Alguien puede asegurar que un paciente concreto de 40 años va a vivir más que otro paciente concreto de 60 años? ¿Alguien estaría dispuesto a poner su firma en dicha aseveración? ¿Incluso, alguien podría atreverse a decir cuánto tiempo va a vivir cada uno? Parece de ciencia ficción ¿no? Pues lo mismo es la aplicación del triaje durante esta pandemia, que muchos parecen encontrar de lo más normal.

            Está bastante claro que en este cribado, separando el trigo de la paja, la peor parte se la llevan las personas mayores, esas que en esta sociedad nuestra tan productiva y tan dinámica, que santifica constantemente a la juventud haciendo de ella un mito y un ideal al que todos queremos imitar, desprecia y margina a las personas a partir de cierta edad, quitándoles todo papel excepto el de hacer estúpidos juegos en un centro de la tercera edad que, generosamente, el ayuntamiento de turno ha diseñado para ellos, marginándolos de todo lo demás.

            No podemos dejar de señalar que esta discriminación, en una situación tan extrema como es la propia vida, infringe totalmente el cumplimiento de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la no discriminación por razón, entre otras, de edad. Pero la cosa puede ir más allá. Cuando alguien, cuyo nombre no figura en un papel que le comprometa a asumir sus propias decisiones, decide que a alguien no se le va a atender en función de su “esperanza de vida”, ¿le pide al afectado el consentimiento informado?. Porque, de no hacerlo así, se está ejerciendo una eutanasia con la particularidad de que es sin consentimiento del “eutanasiado” [perdón por el barbarismo]. ¿Cómo puede ser que para hacerte una prueba común te pidan el consentimiento informado y no sea así cuando han decidido que te mueras?

            Pero demos un paso más. ¿En qué normativa de nuestro Código Penal se permite hacer algo así sin que se contemple como delito? Y no me hablen de los conflictos bélicos, porque este no es el caso, ni se le parece.

            Lo que ocurre es que en situaciones límite como es la de esta pandemia, se pueden ver con claridad los valores que tiene una sociedad, es decir lo que para cada sociedad vale y lo que no vale, lo que hay que preservar y lo que hay que desechar, cuál es el trigo y cuál es la paja. Una mujer keniata, Agnes Pareio, del pueblo de los masái, cuya historia reflejé en uno de mis libros, me dijo: “En cada cultura hay tradiciones que son dignas de conservarse; hay que conservar aspectos como el respeto a la gente mayor, que son la sabiduría de nuestro pueblo”.

            Los estados y los gobiernos tienen la obligación de preservar la vida de los ciudadanos, de todos, porque nadie es trigo ni nadie es paja, todos somos seres humanos. Tienen la obligación de tener recursos suficientes para atender a todos cuando no estamos en guerra, tienen la obligación de promulgar normas por las que ningún profesional tenga en sus manos la posibilidad de decidir la vida o la muerte de nadie mediante ningún protocolo burocrático, que solo sirve para calmar sus conciencias, tienen la obligación, en definitiva, de saber que la vida es el bien más valioso, el único que tenemos, y que mientras hay vida hay esperanza, la misma para todos.

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