EL BLOG DE TERESA GÓMEZ-LIMÓN

LA INSTITUCIONALIZACIÓN DE LA VEJEZ

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Debido a la pandemia del Covid19 y al alto número de fallecidos en las Residencias de Ancianos, se ha creado mucha polémica sobre el funcionamiento de estas residencias, especialmente de las privadas. Es cierto que se hace un gran negocio con las residencias de ancianos, como de casi cualquier cosa, sobre todo teniendo en cuenta que la esperanza de vida del ser humano es cada vez mayor.

            Pero el tema de este artículo no es el negocio de las residencias privadas, tampoco es el desabastecimiento de estas instituciones, sea quien sea el titular de las mismas. El tema de este artículo es la propia existencia de estas instituciones.

            Las instituciones de ancianos actuales son una evolución de otras instituciones cuya función en la sociedad era  “recluir” a determinados individuos con fines dispares. Por ello, lo primero que nos debemos plantear es su verdadera función dentro de las políticas de bienestar social. Michel Foucault denomina a las distintas formas de asilamiento como “el gran encierro” y solo una mirada ingenua puede producir la ilusión de pensar que la existencia de las residencias de ancianos es por las ventajas que reportan a los propios ancianos. De la misma manera, Ervin Goffman habla de estas organizaciones como la “institución total”.

            Las instituciones de ancianos se crean en los inicios de la Edad Moderna y los mismos condicionamientos culturales que presidieron su creación son los que persisten hoy día, aunque adaptados al momento actual, respondiendo a los mismos principios que llevaron a su creación. Estas residencia asumen la asistencia que tradicionalmente está a cargo del grupo primario familiar. Al principio, la residencias fueron parte de la beneficencia religiosa para luego entrar en el concepto de laicización de la caridad.

            La ideología que preside la decisión de someter a confinamiento a una masa de la población configura el mundo de la reclusión. Para Foucault el internamiento ha tenido un papel negativo de exclusión social.

            En la primera mitad del siglo XX existen las instituciones para ancianos pobres. Solo después de la Segunda Guerra Mundial, la institución se especializa al “medicalizarse”, por lo que se empieza a nutrir de personas de clase media e, incluso, superiores.

            Las residencias de ancianos no tienen un papel rehabilitador sino de mera custodia. Por eso debemos preguntarnos ¿a quiénes o para qué se custodia? y ¿qué función social tiene la custodia? A veces se utiliza la palabra “hogar” para describir centros donde los ancianos pasan horas de su jornada diaria o bien donde se retiran en sus últimos años de vida. Sin embargo hemos de afirmar que, aunque éstas tengan la categoría de “hoteles de lujo”, que no siempre es así, “hogar” no hay más que uno. Las residencias de ancianos, aún en su mejor versión, guardan una gran distancia con el hogar, si por éste entendemos algo más que techo, manutención y todos los aspectos de tipo material.. El hogar posee, por encima de su materialidad, una historia de relaciones personales, un conjunto inagotable de vivencias asociadas que el más exquisito trato de hotel no podrá jamás reproducir. Aunque las residencias de ancianos actuales estén lejos de los tenebrosos asilos de años atrás, tampoco son hogares. En la residencias el anciano vive “al lado de”, pero no comparte la vida.

            El modelo que Goffman asigna a sus “instituciones totales” es perfectamente aplicable a las residencias de ancianos en nuestras coordenadas culturales. En primer lugar porque no hay continuidad entre las organizaciones de la vida normal ciudadana y las instituciones “totales” como son las residencias de ancianos. Goffman afirma que la institución total es una mezcla de “comunidad residencial” y de “organización reglamentada”, que son los dos polos de la articulación del modelo.

            Toda organización, del tipo que sea, tiende a absorber a las personas que a ella pertenecen, delimitando unas fronteras con el exterior. En la medida en que toda la vida de una persona discurre dentro de la institución, ésta cobra el matiz de “total”. Las instituciones de ancianos son más propensas a revestirse de este carácter cuanto más deteriorados, física o psíquicamente, se encuentren sus residentes. En ello comparten la situación con los hospitales, con la diferencia de que en éstos últimos se está “de paso”.

            Es preciso tener en cuenta que los ancianos ya están bastante marginados antes de entrar en la institución residencial, entre otras razones por el impedimento obligatorio de hacer cualquier tipo de trabajo integrado en la sociedad. La institución no hace más que sancionar aquella impresión que se ha ido aposentando en la mente del anciano antes de ir a la residencia, en donde comienza la marginación. La residencia supone, pues, su irremediable apartamiento de la sociedad.

            Una de las características de los colectivos de internados es que en su seno se genera una subcultura, es decir, un universo de significaciones y normas, que es una versión empobrecida de la cultura ambiente, lo que provoca un colectivo de marginados. En las residencias de ancianos no se da una conciencia colectiva solidaria, ya que no es un colectivo elegido en función de los intereses, forma de vida e historia personal de cada uno, sino un colectivo formado únicamente en torno a la edad. No hay sentido de la “pertenencia” como existe en otros colectivos institucionalizados, como por ejemplo las cárceles.

            En las residencias de ancianos existe una “desculturización”, como afirma Goffman, en la medida de que una vida bajo tutela prolongada, junto con la disminución de facultades que suele acompañar la fase de envejecimiento, atrofia la capacidad de captar las transformaciones culturales que se producen en el mundo extra residencial.

            Los ancianos en las residencias reciben un trato standard, proveen la satisfacción de sus necesidades mediante un sistema de organización burocratizado, que enmarca la totalidad de la vida cotidiana y arrebata a los sujetos la capacidad de poder organizar incluso las actividades más triviales a su aire (comer, dormir y tener actividades de ocio en horas prefijadas y cuyas excepciones dependen de un permiso). Goffman dice al respecto: “Todo reglamento frustra al sujeto en su empeño de ajustar sus necesidades a sus objetivos de la manera que le parezca más eficaz; la autonomía de su acción le es arrebatada”.

            El trato colectivo significa un expolio a su privacidad; los ancianos se ven obligados a convivir con extraños, entre los que no existen intereses comunes. Este trato común e igualitario es un atentado a la personalidad, ya que ignora las diferencias que caracterizan su singularidad, su propia identidad.

            Las residencias de ancianos justifican “racionalmente” su normativa, en función de sus responsabilidades de custodia y siempre con el fin de “proteger” a los ancianos de las carencias inherentes a la vejez,. Por otra parte, los ancianos no se suelen resistir al reglamento, ya que sus posibilidades de sortearlo son escasas y dependen de su indefensión y de su estado de salud, por lo cual los asumen e interiorizan el status de personas disminuidas, es decir tienen un yo degradado. Contribuye a esto un trato infantilizado por parte de los cuidadores, con un tuteo o llamándoles “abuelo/abuela”. La institución fomenta y premia en los ancianos una actitud sumisa y pasiva. Pues, como dice Goffman, no poseen un status suficiente como para merecer las consideraciones de cortesía más elementales y, por esa misma razón, no se molestan en escucharles. El anciano residencial va entrando en una paulatina pérdida de control, el control que toda persona adulta ejerce sobre las circunstancias más habituales que le afectan como miembro de un grupo que participa plenamente en su vida social. La pérdida de control da origen a un sentimiento de incompetencia e inutilidad. El estado más avanzado del descontrol sobreviene cuando la persona interioriza el sentimiento de su incompetencia y se siente totalmente indefenso; ese es el estado de “indefensión aprendida”, lo que da lugar a una disminución del tono vital, apatía, además de depresiones, desesperanza y otros trastornos de carácter psíquico

            El internamiento de los ancianos desemboca en una remodelación del yo de tal manera que la persona acaba siendo lo que la institución pide que sea a través de sus prácticas de vida y aplicaciones reglamentistas y al margen totalmente de su discurso ideológico. Hay una serie de modificaciones que se producen en su personalidad, lo que hace que aumenten los motivos de insatisfacción de su vida.

            Envejecer en nuestra sociedad de hoy es comprobar cómo va quedando progresivamente limitado el horizonte de posibilidades de acción. Y ello no solo en razón de la disminución física, a veces lenta y bien llevada, sino más concretamente por los prejuicios y determinaciones sociales que hacen que avanzar en edad comporte casi fatalmente el sentir que las expectativas sociales van sufriendo rebajas hasta que acaban, podríamos decir, en dejar de ser personas.

            No deberíamos olvidar jamás que todos envejeceremos, que -si vivimos lo suficiente- ninguno estamos libres de escapar a esa etapa de la vida y que, si no creamos una sociedad sin instituciones totales como las residencias de ancianos, más adelante podremos estar atrapados en una de ellas y terminar convertidos en los “nadies” de los que habla el magnífico escritor Eduardo Galeano.

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